Guerra y Paz

Archive for the ‘Lecturas’ Category

Unas recomendaciones para éste día

Wednesday, April 23rd, 2008

No están todos. No está el inicio de Cien años de soledad, ni el de El Quijote. Los que no están quedan en el estante. Veo desde aquí, Fundación, El talento de Mr Ripley, Cosecha Roja, La peste, El hombre que fue jueves, Diez negritos, El Señor de los Anillos, Germinal, Los hermanos Karamazov, La sombra del aguila, El misterio de la cripta embrujada, la antología de poemas de Benedetti…y un lárgo etcétera de libros que merecen ser leídos.

A continuación solo están los inicios de libros que ido picando a golpe de impulso de mi corta biblioteca, como homenaje al libro en el día del libro. Es el único día internacional que celebro.

Al abrir y copiar cada uno de estos fragmentos he recordado momentos que asocio a cada uno de estos libros, no solo cuando las leí sino cuando los recomendé o defendí frente a ataques infundados. Todos ellos me los recomendaron; la mayoría los compré; y algunos fueron regalados, entre ellos el único dedicado por el autor.

Son mis recomendaciones para éste día del libro, pero hay más, muchos más, como las que hacen autores en ELPAÍS.COM . ¿Alguna sugerencia?

La Guerra de Troya, Robert Graves. La guerra de Troya describe todos los males que suelen aparecer a gran escala: ambición, avaricia, sufrimiento, traición, incompetencia. Pero los griegos, aunque nos cuentan con toda franqueza cómo sus antepasaso se arruinaron en esta estúpida campaña de diez años, tampoco consideran a los dioses olímpicos libres de culpa. Según ellos, la guerra les fue impuesta al rey Príamo y al rey Agamenón por una disputa envidiosa entre tres diosas, que el propio Zeus Todopoderoso nos se atrevió a resolver. En otras palabras, fuera del control humano. Los efectos se sintieron en lugares tan lejanos como el norte de Italia, Libia, Etiopía, Armenia y Crimea.

Le Rouge et le Noire, Stendhal. La petite ville de Verrières peut passer pour l’une des plus jolie de la Franche-Comté. Ses maisons blanches avec leurs toits pointus de tuiles rouges, s’etendent sur la pente d’une colline, dont des touffes de vigoureux châtaigniers marquent les moindres sinousités. Les Doubs coule à quelques centaines de pieds au-dessous de ses fortifications bâties jadis par les Espagnols, et maintenant ruinées.

La carretera, Cormac McCarthy. Al despertar en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado. Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior. Como el primer sintoma de un glaucoma frío empañando el mundo. Su mano subía y bajaba el compás de la preciada respiración.

Au Grand Socco, Joseph Kessel. Au pied du Vieux Tanger, et devant les portes mêmes de la muraille fortifiée qui enferme son labyrinthe de la ruelles étroites, on trouve la place du marché, le Grand Socco.
Cien sonetos de amor, Don Pablo Neruda.

No te quiero sino porque te quiero
y de quererte a no quererte llego
y de esperarte cuando no te espero
pasa mi corazón del frío al fuego.

Te quiero sólo porque a ti te quiero,
te odio sin fin, y odiándote te ruego,
y la medida de mi amor viajero
es no verte y amarte como un ciego.

Tal vez consumirá la luz de enero,
su rayo cruel, mi corazón entero,
robándome la llave del sosiego.

En esta historia sólo yo me muero
y moriré de amor porque te quiero,
porque te quiero, amor, a sangre y fuego

This Side of Paradise, F. Scott Fitzgerald. Amory Blaine inherited from his mother every trait, except the stray inexpressible few, that made him worth while. His father, an ineffectual, inarticulate man with a taste for Byron and a habit of drowsing over the Encyclopædia Britannica, grew wealthy at thirty through the death of two elder brothers, successful Chicago brokers, and in the first flush of feeling that the world was his, went to Bar Harbor and met Beatrice O’Hara. In consequence, Stephen Blaine handed down to posterity his height of just under six feet and his tendency to waver at crucial moments, these two abstractions appearing in his son Amory. For many years he hovered in the background of his family’s life, an unassertive figure with a face half-obliterated by lifeless, silky hair, continually occupied in “taking care” of his wife, continually harassed by the idea that he didn’t and couldn’t understand her.

Guerra y Paz, Tolstoi “Eh bien, mon prince. Gênes et Luques ne son plus que des apanages posesiones de la famille Buonaparte. Non, je vous préviens que si vous neee me dites pas que nos avons la guerre, si vous vous permettez encore de pallier toutes les infamies, toutes les atrocités de cet Antéchrist (ma parola, j’ y crois), je nee vous connais plus, vous n’êtes plus mon ami, vous n’êtes plus mi devoto esclavo, comme vous dites. Ea, bien venido, bien venidos. Je vois que he vous fais peur. Sientese y charlemos.”

La conjura de los necios, John Kennedy Toole. Una gorra de cazador verde apretaba la cima de una cabeza que era como un globo carnoso. Las orejeras verdes, llenas de unas grandes orejas y pelo sin cortar y de las finas cerdas que brotaban de las mismas orejas, sobresalían a ambos lados como señales de giro que indicasen dos direcciones a la vez. Los labios, gordos y bembones, brotaban protuberantes bajo el tupido bigote negro y se hundían en sus comisuras, en plieguecitos llenos de reproche y de resto de patatas fritas. En la sombra, bajo la visera verde de la gorra, los altaneros ojos azules y amarillos de Ignatius J. Reilly miraban a las demás personas que esperaban bajo el reloj junto a los grandes almacenes D. H. Holmes, estudiando a la multitud en busca de signos de mal gusto en el vestir. Ignatius percibió que algunos atuendos eran lo bastante nuevos y lo bastante caros como para ser considerados sin duda ofensas al buen gusto y la decencia. La posesión de algo nuevo o caro sólo reflejaba la falta de teología y de geometría de una persona. Podía proyectar incluso dudas sobre el alma misma del sujeto.

A Sangre Fría, Truman Capote. El pueblo de Holcomb está en las elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas, una zona solitaria que otros habitantes llaman «allá». A más de cien kilómetros al oeste de la frontera de Colorado, el campo, con sus nítidos cielos azules y su aire puro como el desierto, tiene una atmósfera que se parece más al Lejano Oeste que al Medio Oeste. El acento local tiene un aroma de praderas, un dejo nasal de péon, y los hombres, muchos de ellos, llevan pantalones altos y punta afilada. La tierra es llana y las vistas enormemente grandes; caballos, rebaños de ganado, racimos de blancos silos que se alzan con tanta gracia como templos griegos son visibles mucho antes de que el viajero llegue hasta ellos.

El extranjero, Albert Camus. Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: “Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.” Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.

Habitaciones separadas, Luis García Montero.

Aunque tu no lo sepas:
Como la luz de un sueño,
que no raya en el mundo pero existe,
así he vivido yo,
iluminando
esa parte de ti que no conoces,
la vida que has llevado junto a mis pensamientos.
Y aunque no lo sepas, yo te he visto
cruzar la puerta sin decir que no,
pedirme un cenicero, curiosear libros,
responder al deseo de mis labios
con tus labios de whisky,
seguir mis pasos hasta el dormitorio.
También hemos hablado
en la cama, sin prisa, muchas tardes,
esta cama de amor que no conoces,
la misma que se queda
fría cuando te marchas.
Aunque tú no lo sepas, te inventaba conmigo,
hicimos mil proyectos, paseamos
por todas las ciudades que te gustan,
recordamos canciones, elegimos renuncias,
aprendiendo los dos a convivir
entre la realidad y el pensamiento.
Espiada a la sombra de tu horario
o en la noche de un bar por sorpresa.
Así he vivido yo,
como la luz del sueño
que no recuerdas cuando te despiertas.

Las edades de Lulú, Almudena Grandes. Supongo que puede parecer extraño pero aquella imagen, aquella inocente imagen, resultó al cabo el factor más esclarecedor, el impacto más violento.

Crónica de una muerte anunciada, Grabriel García Márquez. El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obismo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros. “Siempre soñaba con árboles!, me dijo Plácida Linero, evocando 27 años después los pormenores de aquel lunes ingrato. “La semana anterior había soñado que iba solo en un avión de papel de estaño que volaba sin tropezar por entre los almendros”, me dijo. Tenía ina reputación muy bien ganada de intérprete certera de los sueños ajenos, siempre que los contaran en ayunas, pero no había advertido ningún augurio aciago en esos dos sueños de su hijo, ni en los otros sueños con árboles que él le había contado en las mañana que precedieron a su muerte.

Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar. Querido Marco: He ido esta mañana a ver a mi médico
Hermógenes, que acaba de regresar a la Villa después de un largo viaje por Asia. El examen debía hacerse en ayunas; habíamos convenido en encontrarnos en las primeras horas del día. Me tendí sobre un lecho luego de despojarme del manto y la túnica. Te
evito detalles que te resultarían tan desagradables como a mí mismo, y la descripción del cuerpo de un hombre que envejece y se prepara a morir de hidropesía del corazón. Digamos solamente que tosí, respiré y contuve el aliento conforme a las indicaciones de
Hermógenes, alarmado a pesar suyo por el rápido progreso de la enfermedad, y pronto a descargar el peso de la culpa en el joven Iollas, que me atendió durante su ausencia. Es difícil seguir siendo emperador ante un médico, y también es difícil guardar la calidad de hombre. El ojo de Hermógenes sólo veía en mí un saco de humores, una triste amalgama de linfa y de sangre. Esta mañana pensé por primera vez que mi cuerpo, ese compañero fiel, ese amigo más seguro y mejor conocido que mi alma, no es más que un monstruo solapado que acabará por devorar a su amo. Haya paz… Amo mi cuerpo; me ha servido bien, y de todos modos no le escatimo los cuidados necesarios. Pero ya no cuento, como Hermógenes finge contar, con las virtudes maravillosas de las plantas y el dosaje exacto de las sales minerales que ha ido a buscar a Oriente. Este hombre, tan sutil sin embargo, abundó en vagas fórmulas de aliento, demasiado triviales para engañar a nadie. Sabe muy bien cuánto detesto esta clase de impostura,
pero no en vano ha ejercido la medicina durante más de treinta años. Perdono a este buen servidor su esfuerzo por disimularme la muerte. Hermógenes es sabio, y tiene también la sabiduría de la prudencia; su probidad excede con mucho a la de un vulgar
médico de palacio. Tendré la suerte de ser el mejor atendido de los enfermos. Pero nada puede exceder de los límites prescritos; mis piernas hinchadas ya no me sostienen durante las largas ceremonias romanas; me sofoco; y tengo sesenta años.

Mafalda, de Quino. (Vía | El documentalista enredado)

Ángel González

Saturday, January 12th, 2008

Muerte en el olvido

Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.

Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.

Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
-oscuro, torpe, malo- el que la habita…

Ángel González (Oviedo 3 de septiembre 1925 - Madrid, 12 de enero 2008)

‘Vida y destino’, el libro del año

Saturday, December 29th, 2007

Babelia publica hoy la lista de los diez libros del año, que “pretende ser una buena fotografía de una buena cosecha de libros“realizada por treinta críticos consultados por la publicación. Los diez primeros han sido seleccionados de una amplia lista (en pdf) de los libros editados en España durante este año.

En primer lugar está una exquisitez literaria: Vida y Destino, de Vasili Grossman, un escritor ruso, que está en la estela de los dos grandes novelistas rusos, Tolstoi y Dostoyevski, aunque muchos lo comparan más bien al primero, y compara Vida y destino con Guerra y Paz.

Esta comparación es a todas luces subjetiva, si bien es cierto que las dos obras comparten estructuras narrativas muy similares, como el mapa de personajes que circulan por sus páginas, y la concentración en un determinado personaje en cada momento. Pero Guerra y Paz pertenece a lo moderno del siglo XIX - innova pero no renuncia al folletín - y Vida y destino es plenamente del siglo XX, con una realismo encarnizado dentro de las tragedias que sacudieron al mundo entorno a la Segunda Guerra Mundial, desde el Holocaustro y los campos de concentración - es aterradora la descripción que hace de una gueto judío en Ucrania - , el totalitarismo nazi y soviético - la descripción del modo de vida burocratizado dentro de la URSS es gris, dramática y muchas veces angustiosa - y sobre todo la ruindad humana desencadenante de todas las tragedias.

Vasili Grossman 1945

Vida y Destino refleja sobre todo las vivencias del propio autor como corresponsal de guerra para los medios soviéticos ( Un escritor en guerra, recoge sus vivencias editadas por Antony Beevor) del que sin duda sacó vivencias para este novelón, donde refleja lo que el mismo llamó “la verdad despiadada de la guerra”.

La intrahistoria de una novela refleja muchas veces el peso que hay que darle: Grossman murió sin saber que su obra iba a ser publicada. Los dos manuscritos que tenía se los entregó a la KGB (o se la hicieron entregar), después de que su publicación en la URSS fuera prohibida, y eso que espero hasta la muerte de Stalin para intentar publicarla. Con la negativa del Partido Comunista, Grossman se resignó a no ver su novela publicada. Una tercera copia, rescatada con la ayuda de Andrei Sakharov, logró salir microfilmada de la URSS, y se pudo editar por primera vez en Suiza.

Rusia tendría que esperar hasta la llegada de Gorbachov para poder leer esta novela, que sin duda narra uno de los momentos más duros de su historia. Y en España, se publica ahora.
Lo bueno que tiene esta novela es que nos da una visión rusa de la Segunda Guerra Mundial, una guerra que ganaron, pero que la victoria no llegó a la población.

Es difícil seleccionar un fragmento de las más de cien páginas que compone la novela - edita en España por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores y traducida por Marta-Ingrid Rebón -, pero este fragmento merece ser resaltado. Es una de las mejores descripciones de la guerra, de la batalla que uno puede encontrarse:

La percepción del resultado global de un combate que experimenta un soldado aislado de los otros por el humo, el fuego, el aturdimiento, a menudo resulta más justa que los juicios formulados por los oficiales del Estado Mayor mientras estudian un mapa.

  En el momento decisivo de la batalla se produce un cambio asombroso cuando el soldado que toma la ofensiva y cree que está próximo a lograr el objetivo mas alrededor, confuso, sin ver a los compañeros con los que había iniciado la acción, mientras el enemigo, que todo el tiempo le había parecido singular, débil y estúpido, de repente se convierte en plural y, por ello, invencible. En ese momento decisivo de la batalla – claro para aquellos que lo viven; misterioso y inexplicable para los que tratan de adivinado y comprenderlo desde fuera – se produce un cambio de percepción: el intrépido e inteligente «nosotros» se transforma en un tímido y frágil «yo», mientras el desventurado adversario, que se percibía como una única presa de caza, se convierte en compacto, temible y amenazador «ellos».

  Mientras rompe la resistencia del enemigo, el soldado, que avanza, percibe todo por separado: la explosión de una granada; las ráfagas de ametralladora; el soldado enemigo allí, tirando a resguardo, que ahora se echa a correr, no puedo hacer otra cosa que correr porque está solo, aislado de su cañón, a su vez aislado… de su ametralladora, igualmente aislada, del tirador vecino, igualmente aislado…mientras que yo, yo soy «nosotros» , yo soy toda la enorme infantería que marcha al ataque, soy yo esta artillería que me cubre, yo soy estos tanques que me apoyan, que soy esta bengala que ilumina nuestro combate común. Pero he aquí que, de repente, yo me quedo solo, y todo aquello que me parecía débil y aislado se funde en un todo terrible de disparos enemigos de fusiles, de ametralladoras, de artillería, y la fuerza que me había ayudado a vencer aquella unidad se desvanece. Mi salvación está en la huida, consiste en esconder la cabeza, poner a cubierto el pecho, la frente, la mandíbula.

  Y en la oscuridad de aquellos que se han enfrentado a un ataque repentino y que, al rpincipio, se sentían débiles y aislados comienzan a desmantelar la unidad del enemigo que se ha abatido contra ellos, comienzan a sentir su propia unidad, donde se encierra la fuerza de la victoria.

  En la comprensión de esta transición es donde reside lo que a menudo permite hablar de la guerra como un arte.

  En esa sensación de unidad y pluralidad, en la alternancia que va de la conciencia de la noción de unidad a la de pluralidad se encuentra no solo en la relación entre los acontecimientos durante los ataques nocturnos de las compañías y de los batallones, sino también el signo de la batalla que libran los ejércitos y pueblos enteros.

  Hay una sensación que los participantes en un combate pierden casi por completo: la sensación del tiempo. La chica que baila hasta la madrugada en una fiesta de fin de año no puede decir cual ha sido su sensación del tiempo, si ha larga o, por el contrario, corta.

De la misma manera, un recluso que haya pasado veinticinco años en cautividad en la prisión de Schlisselburg dirá: «Tengo la impresión de haber pasado una eternidad en esta fortaleza, pero al mismo tiempo me parece que sólo llevo en ella unas pocas semanas».

  La noche del baile estará llena de acontecimientos efímeros: miradas, fragmentos de música, sonrisas, roces, y cada uno de ellos pasará tan rápido que no dejará en la mente de la chica la sensación de duración en el tiempo. Sin embargo, la suma de estos breves acontecimientos engendra la sensación de un largo intervalo de tiempo que parece abarcar toda la felicidad de la vida humana.

   Al prisionero de Schlisselburg le ocurre al contrario: sus veinticinco años de cautiverio están formados de intervalos de tiempo separados, penosos y largos, desde el toque de diana hasta la retreta, desde el desayuno a la cena. Pero la suma de esos hechos pobres logran generar una nueva sensación: en aquella lúgubre uniformidad del paso de los meses y los años el tiempo se encoge, se contrae… Así nace una proximidad de percepción entre los concurrentes años. En ambos casos, la suma de acontecimientos engendra el sentimiento simultáneo de duración y brevedad.

  Más complejo es el proceso de deformación del tiempo referente a la percepción de la brevedad del mismo y su duración que se da en el hombre que vive un combate. Allí las cosas van más lejos, allí son incluso las primeras sensaciones individuales las que se ven deformadas, alteradas. Durante el combate los segundos se dilatan, pero las horas se aplastan. La sensación de larga duración se relaciona con acontecimientos fulminantes: el silbido de los proyectiles y las bombas aéreas, las llamaradas de los disparos y las explosiones.

  La sensación de brevedad se correlaciona con acontecimientos prolongados: cruzar un campo arado bajo el fuego arado bajo el fuego, arrastrarse de una guarida a otra. En cuanto al combate cuerpo a cuerpo, éste tiene lugar fuera del tiempo. Aquí la indeterminación se manifiesta tanto en los diferentes como en el resultado, la deformación afecta tanto a la suma como a los sumandos.

  Y de sumandos hay una cantidad infinita.

  La sensación de duración de la batalla está en conjunto tan profundamente deformada que se manifiesta con una total indeterminación, desconectada tanto de la duración como de la brevedad.

  En el caos donde se confunde la luz cegadora y la oscuridad ciega, el estruendo de las explosiones, el crepitar de las metralletas; en el caos que hace añicos la percepción del tiempo Krimov tuvo una intuición de una nitidez asombrosa: los alemanes habían sido arrollados, los alemanes estaban vencidos. Lo comprendió él, lo comprendieron los secretarios y los agentes de enlace que disparaban junto a él, por una sutil percepción interna.

 

Quien no la haya leído tendrá la suerte de descubrir por primera vez esta delicia de novela. Por si este post no os ha convencido, os recomiendo esta introducción publicada por New York Review Books (en pdf).

Jonathan Littell: Entrevista a un escritor que no quiere ser entrevistado

Saturday, October 27th, 2007

De entrada, la portada de Babelia de esta semana parece un anuncio de Ralph Lauren, o de una gafas Ray Ban. Pero al leer la entrevista a Jonathan Littell, uno comprende que es esa la imagen que quiere trasmitir un escritor que quiere ser maldito, un escritor más chulo que un ocho y, que, con todo el derecho del mundo, no quiere conceder entrevistas pero las concede. Alguien que es más chulo que un ocho, que gana el Goncourt - el premio literario francés por excelencia - y no lo va a recoger.

P. ¿En qué anda metido ahora?
R. Pues en nada. Apenas tengo tiempo para concentrarme en cosas serias con todo esto.

P. Pero, ¿escribe?
R. No.

P. ¿No quiere escribir otra novela?
R. Ya veremos. Me paso la vida en cosas que me vienen de este maldito libro, estoy harto.

P. ¿Maldito libro? ¿Ya lo odia?
R. No, haberlo escrito, no. Pero todo esto. Repetir esta entrevista 30 o 40 veces…

P. No da muchas.
R. Demasiadas para las que yo concedería. No le veo sentido a no ser que surjan cosas nuevas. Hay que hacerlo, es parte de su trabajo también, deben vender periódicos, es puro comercialismo, no tiene nada que ver con otra cosa. He hecho algunas entrevistas interesantes en las que han surgido algunos elementos nuevos y entonces valen.

P. ¿En ésta ha dicho algo nuevo?
R. No.

P. Pues añádalo.
R. No tengo más que añadir.

Este es el final de una entrevista a un escritor que no quiere ser entrevistado, pero pese a todo algo contesta.

La Nobel de literatura

Thursday, October 11th, 2007

No he leído a Lessing, una autora más que engrosará la enorme lista de libros que quedan por leer. Me ha gustado cómo se ha enterado (o por lo menos cómo lo ha fingido): el periodista de Reuters le da la noticia a las puertas de su casa, mientras baja de un taxi, de vuelta de hacer la compra:

Video de Reuters.

Llueve sobre Gaza, de Hernán Zin

Thursday, May 24th, 2007

Después de que un comando de los Comités Populares de la Resistencia matará a dos soldados israelíes y secuestrara al cabo Gilad Salid el 25 de junio de 2006, el Gobierno de Ehud Olmert lanzó la operación Lluvia de Verano, que consistió en aislar y asediar Gaza en el sentido literal de la palabra (no permitir la entrada de alimentos, la salida de los enfermos para recibir tratamientos, bombardear una central eléctrica, todo acompañado de incursiones del ejército etc).

Lluvia sobre Gaza (Hernán Zin) en la Casa del Libro, compartiendo estantería con Fisk

Hernán Zin, periodista que “recorre el mundo intentando dar voz a los colectivos postergados”, tal y cómo podemos leer en su blog Viaje a la guerra, estuvo allí y decidió escribir un libro sobre su experiencia: Llueve sobre Gaza.

Aunque había leído con especial atención las crónicas periodísticas, no estaba preparado para ver lo que descubrí en Gaza. El contraste con Israel resultaba abismal. Cruzar Erez, el puesto fronterizo que comunica ambos territorios suponía pasar de la prosperidad y el lujo de Occidente a uno de los lugares más miserables que he visto en mi vida.

La operación Lluvía de Verano quedó ensombrecida en los medios por el inicio de la guerra entre Israel y Hezbolá con el Líbano como escenario; sin lo medios, las guerras no existen para aquellos que no la viven de forma directa, y la actitud de Zin es todo un ejemplo de lo que ha de hacer un periodista:

Esto aumentó mi deseo de dejar constancia, hasta en los más mínimos detalles, de lo que estaba ocurriendo.

Hernán parte, además, de una visión que comparto plenamente:

Estoy convencido de que los ciudadanos del siglo XXI debemos anteponer el respeto por los Derechos Humanos, la democracia, la libertad y la justicia social, a toda religión o bandera. Y he actuado en consecuencia. Con respecto al fondo de esta cuestión, hago mía una frase del escritor peruano Mario Vargas Llosa que he adoptado como máxima: «No acepto el chantaje a los que recurren muchos fanáticos de llamar “antisemita” a quien denuncia los abusos y crímenes que comete el Gobierno de Israel».

Solo he podido adentrarme en el primer capítulo del libro – Una abuela y su nieto — y el dolor que emana es, sobre todo, humano.

Pero el libro no solo se compone de las crónicas de Zin, sino que recoge también testimonios de Israelíes que “se oponen con valentía y coraje a la política de su gobierno como Meir Margelit, Amira Hass, Gideon Levy, Yehuda Shawl”.

El mundo iría mejor si todos recordásemos que el que tenemos delante es tan humano como nosotros y si lo que hacemos al otro lo desearíamos para nosotros. Los escritos de Hernán Zin reflejan esta máxima.