Guerra y Paz

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Moeh Atitar de la Fuente

Periodista, fotógrafo y blogger. Más sobre el autor.

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Sebastião Salgado: el empacho de la perfección

Moeh Atitar de la Fuente - Monday 27 de January de 2014

Sebastião Salgado es uno de los más reputados fotógrafos actuales, un genio de esta disciplina. Su último gran trabajo, ‘Génesis’, se puede ver hasta el 4 de mayo en el Caixa Forum de Madrid. Será una de las grandes exposiciones fotográficas de este año en Madrid. El fotógrafo brasileño, que roza ya los 70 años, ha contado con una amplia cobertura mediática, acorde con su papel de estrella mundial de la fotografía.

Salgado pertenece a esa escuela que quiere controlar todo lo que le rodea con el único objetivo de tener la foto perfecta, en un perfecto blanco y negro que le caracteriza. No se ha desviado de esa línea, ni en ‘Trabajadores’, ni en ‘Éxodos’, sus dos anteriores grandes trabajos. Pero quizá en Génesis es donde más patente se hace ese control de la realidad: grandes paisajes que parecen hechos a encargo, en tomas espectaculares que solo son posibles con medios aéreos, ya sea en desiertos, selvas o parajes helados. Toda una belleza muy parecida, épica, espectacular.  Todos los medios al servicio de la fotografía bella, perfecta. “La fotografía es para mí la materialización de las ideas de cada uno”, contestaba en una entrevista muy recomendable en ABC . Y Salgado materializa sus fotografías controlando la naturaleza como nadie.

 

En este vídeo Salgado explica ‘Genesis’, el libro de la exposición publicado por Taschen.

Ha subido montañas, ha recorrido kilómetros a pie… Es la épica del cazador de la belleza, aunque mejor no contemos la trastienda de cada foto, del despliegue para controlar toda la belleza que el mundo da. Uno prefiere sus retratos dentro de ‘Génesis’, donde hay una mirada, la del retratado, que Salgado no puede controlar del todo, que esa manada de ganado llevada por la nieve por un esquimal, y que parece más una coreografía reglada al servicio de la perfecta composición. Aunque parezca paradójico, uno sale con la sensación de que Salgado controla más la improvisación de una montaña que la de un esquimal retratado de frente.

La clave de Salgado, como la de todo fotógrafo, es el posicionamiento frente al mundo. Y a uno le puede gustar más o menos, convencerle, parecerle más o menos ético, quitarle o ponerle el valor documental, pero hay que reconocer que en esta línea de la perfección, de controlar la realidad al servicio de la belleza, el brasileño es el mejor.

“¡Qué bonito! ¡Impresionante! ¡Qué belleza! ¡Parece un cuadro!”, eran los epítetos que uno escuchaba un jueves por la tarde, en una sala bastante llena, con gente de esa que se acerca demasiado y que se interpone en cada obra, como si fueran transparentes. La belleza siempre gusta. Por eso hay que ir a ver la exposición de Salgado, a colmarse de belleza, a intoxicarse de la perfección, aunque les aviso que no va a sufrir un ‘síndrome de Stendhal‘, porque no es para tanto. Quizá solo vean el mundo más bonito durante unos minutos tras abandonar la sala, pero ese síntoma se pasa a la hora. Yo estoy un poco más cómodo con la imperfección intrínseca al mundo.

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