Guerra y Paz

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Moeh Atitar de la Fuente

Periodista, fotógrafo y blogger. Más sobre el autor.

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Dos casos de manipulación fotográfica

Moeh Atitar de la Fuente - Sunday 27 de September de 2009

Caso 1. La revista Newsweek publica una información sobre la tortura en tiempos de Bush y de su vicepresidente Cheney. Usa esta fotografía:

Nada tiene que ver con la fotografía original:

El corte de la misma hace que Cheney pase de ser un sádico torturador que se entrena con un salmón a ser un afable abuelo en casa de su hija preparándose para un almuerzo dominical. Yo pienso que la fotografía manipulada es la que nos muestra al afable abuelito, pero no piensa así el Pulitzer David Hume Kennerly, fotógrafo de Getty que tomó la instantánea original. En Lens recogen toda la polémica y su desarrollo.

Caso 2. La revista TIME dedica su portada al deterioro de Detroit, ciudad cuna de la destrozada industria automovilística estadounidense. La portada es esta:

La fotografía original, esta otra:

En este combo se puede ver la diferencia sustancial en el contraste y saturación de la imagen (PDNpulse lo cuenta):

Una propuesta francesa. La diputada del UMP (el partido del también photoshopeado Nicolas Sarkozy) Valérie Boyer encabeza una propuesta para que las publicaciones avisen del uso del Photoshop para modificar sustancialmente a personas. No hay nada nuevo bajo el Sol: los medios de comunicación han usado, usan y usarán medios para adaptar la realidad a sus exigencias informativas. La manipulación es intrínseca. Existe cuando se elige entre cientos de fotografías una imagen en la que el personaje sale especialmente desfavorecido porque la intención es sacarle mal (al caso Cheney me remito). O al contrario. No hace falta tirar de Photoshop . Una iluminación precisa y un buen maquillaje puede ahorrar mucha edición posterior. ¿Se está manipulando entonces la realidad? ¡Pues claro! En el momento en el que no se puede comparar con el original (la realidad fotografiada dejó ya de existir), la subjetividad y la manipulación existe. El límite está en la honestidad que tenga el editor de la publicación con sus lectores, y en que estos no sean tan idiotas como para pensar que el brillo de la piel de una modelo es el “natural”.